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 Malaspina Y Bustamente a puto de zarpar desde Cádiz. 
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Capitán de Corbeta
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Nuevo mensaje Malaspina Y Bustamente a puto de zarpar desde Cádiz.

Estimados compañeros de singladura:
Os hago llegar aquí este relato que nos transporta al Siglo XVIII en la ciudad de Cádiz, justo en el momento en que se están ultimando los preparativos de la más grande expedición científica y política organizada por la Marina Española: La expedición Malaspina. Estamos en julio de 1789, año de revoluciones que cambiarian el curso de la historia.
Espero que disfruteis en este paseo por Cádiz y su bahía.
Un cordial saludo


En Cádiz, a puto de zarpar.

Al sur del baluarte de los Mártires, vemos aparecer un bote que porta una vela al tercio. Llega desde la parte del vendaval y navega cercano al arrecife, lo que indica que ha estado pescando a sotavento de la ciudad y como lleva el bordo muy bajo, todos saben que ha tenido un buen día de pesca. Su patrón, parece estar enfilando por la amura de estribor la piedra del Espolón en la punta del Sur. Con este Levante, la pasará bien de largo para ganar barlovento y enfilar su proa a la punta del Nao en el otro brazo del arrecife, todo sin perder de vista la piedra del Plomo que ha de pasar por estribor. Antes de llegar al Nao, enfilará la piedra Redonda dando una bordada y volverá a virar dentro de la propia cala ayudadandose de los remos hasta ganar la playa junto al castillo de Santa Catalina. Para ellos, la jornada está a punto de terminar cuando el sol levanta un palmo del horizonte. Llegan un poco apurados pues no quieren que la noche se les eche en cima, ya que en este último tramo de su navegación deberán quedar muy atentos a los bajíos y a las derivas traicioneras que provocan las imprevisibles rachas de Levante, por mucho que éste, vaya decreciendo a pasos agigantados, al compás de la mortecina tarde y la marea bajante.

El sonido de las olas, que llegan mansas hasta la roca ostionera, acompaña nuestra conversación mientras el arrecife de la Caleta, preside un panorama donde se aprecian las nubes dispersas y difusas que jaspeando el horizonte marino como avanzadilla de la inminente puesta de sol, ponen un referente de profundidad en el paisaje en el que sol, cielo, nubes, mar y rocas, se confabulan para desplegar tal inmensidad de colores y aromas, que reclaman para sí, toda la belleza que imaginar se pueda por el más perspicaz y cultivado de los mortales y que en Cádiz, por estos tiempos los hay y muchos, siendo los más, valerosos y capaces en el oficio de las armas, además de cultos e ilustrados en las ciencias de la naturaleza, las matemáticas, la navegación y las artes.

Ha sido un día muy largo y de mucha labor, como viene siendo habitual desde que las corbetas quedaron fondeadas para ultimar su alistamiento al amparo del pequeño espigón y baluarte de San Felipe. Son mil y un detalles sobre los bastimentos y materiales a embarcar en ambos buques, la estiva, los víveres, las relaciones no siempre fáciles con los encargados de los acopios en el arsenal, la burocracia y la incomprensión de algunos que se obstinan en vernos como unos frívolos privilegiados que se marchan de excursión alrededor del globo. Afortunadamente nuestro comandante es digno del mayor respeto y sus oficiales, entre los que se encuentra el sobrino del ministro de marina, Don Cayetano Valdés, son los más competentes que he conocido en mi ya dilatada vida de marino.

Me acompaña mi amigo y compañero Pepo, que como yo, está enrolado en esta gran aventura. Ambos, miramos al mar dese la pequeña atalaya del baluarte presenciando la puesta de sol y disfrutando del crepúsculo veraniego, como lo hacen a su vez, gran cantidad de gaditanos junto a la explanada del flanco oeste de la muralla, sobre la playa o el arrecife y entre los tenderetes de pescado fresco recién desembarcado de los botes. Para nosotros, son momentos en los que encontramos la conversación sosegada, como al compas, plácido y pausado con que la noche se acerca a despedir al día, que ya se marcha con el sol, y en el que el viento, que ha reinado indiscutible durante la tarde, se torna brisa suave, resecando con su caricia las rocas emergentes del farallón y dibujando delicadas ondulaciones en las pozas que va descubriendo la bajante junto al faro.

Al producirse el ocaso, un reflejo instantáneo de mis brazos delata la intención de mi subconsciente para obtener el azimut con el moderno sextante al que me vengo acostumbrando desde hace meses. Pepo parece darse cuenta y ambos nos sonreímos a la vez que al unísono consultamos nuestros relojes de bolsillo.

Con la luz crepuscular, el viento de Levante se ha retirado hasta mañana, en que con las primeras luces del alba, despertará. Primero envolviendo a los arboles con sigilo y después acrecentando su vigor hasta rizar la mar en la bahía y tender sobre la playa del istmo de Cádiz, una alfombra deslizante de arena blanquecina, que hará difícil el tránsito de carruajes y carretas, por no hablar del caminar de los que se acerquen a pie desde la Isla de León a la ciudad.

Ahora paseamos por el campo del Sur, sobre la muralla, percibiendo a borbotones la frescura intensa y aromática con que nos recibe la marea bajante que quiere reclamar nuestra atención desde allí abajo, junto al estribo de la muralla, y al asomarnos sobre el lienzo, percibimos los destellos de la linterna del faro de San Sebastián, oculto tras la mole del baluarte de los Mártires y la oscuridad que comienza a ser la dueña del océano, al tiempo que llegan hasta nuestros oídos, las cantiñas de un grupo de paisanos que celebran la noche al son de sus coplillas, casi siempre cargadas de certera ironía y dobles sentidos.

Tras largo paseo, dejamos la muralla y nos internamos en las calles de la ciudad, lo hacemos bajando la cuesta que flanquea la nueva catedral en construcción, rodeados de andamios y maromas hasta llegar junto a la iglesia de Santiago, donde vemos las inconfundibles figuras de Don Alexandro, nuestro comandante, acompañado por Don José, su segundo y Don Cayetano, los tres nos saludan corteses al reconocernos, a lo que respondemos en la distancia y de igual manera, mientras cruzamos la anchurosa plaza, antesala del enorme edificio catedralicio cuyos torreones inconclusos nos obligan a mirar hacia lo más alto admirando su grandeza.

Dejada la plaza a nuestra espaldas, nos dirigimos ahora hacia la puerta del Mar con la intención de ganar un bote que nos acerque hasta el lugar de fondeo de la Descubierta y la Atrevida, no sin antes hacer una parada junto al arco del Pópulo, donde queremos entrar en una casa de comidas regentada por un montañés de nuestra confianza, y en la que previamente hemos encargado para la cena, el que sin duda será un suculento arroz con conejo, que nos repondrá las energías gastadas en esta larga jornada que ahora acaba.

En la misma entrada, junto a la puerta del establecimiento, quedan distribuidas varias mesas ocupadas por comensales y algunas pipas de vino que dispuestas verticalmente en la acera, sirven de improvisado mostrador a los parroquianos que acuden en la incipiente noche veraniega para tomar un refrigerio, al tiempo que intercambian información sobre las rutinas portuarias, la llegada de tal o cual buque, las peripecias del cabotaje junto a Gibraltar, los precios de los ultramarinos, los avisos de hoy en la torre Tavira y las comidillas y opiniones alrededor de los acontecimientos de Francia y del comercio, tan rico y abundante por estos días en la ciudad. El ambiente queda envuelto en un moderado murmullo en el que se distinguen varias lenguas y semblantes propios de diversas latitudes, casi todos se conocen o pueden ser presentados y los modales refinados y elegantes, sin excesos, sugieren que los allí presentes se ganan la vida ejercitando diariamente sus cabezas y cosechando alianzas comerciales y amistades en uno y otro hemisferio.

Al traspasar la casapuerta para buscar el patio interior donde tenemos reservado nuestro velador, una incitadora inclinación de cabeza a modo de saludo, nos hace detenernos y presentar nuestros respetos a dos damas que acompañadas de dos caballeros interrumpen su conversación en torno a la botánica y la flora de las marismas de El Puerto de Santa María. Una de estas señoras, es una comerciante muy conocida que regenta una naviera que tiene casas en Londres y Hamburgo; la otra, muy joven, casi una niña, está acompañada de su padre un conocido comerciante de la ciudad. Saben de nuestro viaje y de los científicos y naturalistas que nos acompañan, la mayoría de los cuales ya están en Cádiz y nos invitan a que les hablemos sobre nuestra empresa, a lo que sin parecer descorteses accedemos sin ofrecer detalles sujetos a la reserva propia que merece la naturaleza de nuestra expedición.

La conversación, que se alarga de forma agradable, gira finalmente entorno al la riqueza de las naciones según las ideas formuladas por Adam Smith en la obra, que he ojeado varias veces y de la que tengo un ejemplar editado en castellano en 1780, regalo con que me obsequió la señora Rosario Cepeda antes de su partida a Veracruz el pasado mayo. Ideas con las que nuestra comerciante contertulia se muestra de acuerdo, especialmente en lo que a la aplicación del sentido común y el sentido del trabajo se refiere, tan alejado –apunta- del oscurantismo, la holgazanería hidalga y las supersticiones. Todos intercalamos nuestras opiniones cómodamente en la conversación, al tiempo que intercambiamos saludos con las personas de los corrillos que van formándose en la esquina del Arco del Pópulo, mientras la noche, ahora en su plenitud, se muestra a cada paso más acogedora y sugerente.

No parece que en nuestra improvisada tertulia haya discrepancias sobre la naturaleza bondadosa de pretender lucrarse con el producto del trabajo, en contraposición con el producto de las rentas cosechadas con el esfuerzo de otros. -Pues el orden del universo solo puede estar constituido de manera que los empeños individuales de los hombres, se conjuguen para componer el bien social. Apunta mi compañero Pepo. A lo que añade la señora naviera, que es menester que cada cual aporte a la sociedad su propio mérito, obtenido a través de las cualidades innatas de cada individuo y del esfuerzo por cultivarse, exigible a todos los miembros de una nación. Todos festejamos el desparpajo de la dama al tiempo que nos dejamos seducir por su encanto y su inteligencia.

Pasados unos minutos, el posadero se acerca hacia nosotros indicándonos el punto del arroz, con lo cual, dejamos para otro momento proseguir con esos y otros pensamientos. Nos despedimos de nuestros acompañantes y nos encaminamos hasta el patio rectangular, cuyo suelo de grandes baldosas de mármol de Carrara nos proporciona un agradabilísimo frescor rematado por el sonido de una fuente cantarina y el perfume del jazmín que trepa altanero por uno de los muros. Allí, intercalando los sabores de nuestra cena con los detalles y pormenores a afrontar en la jornada venidera, nos dan las doce campanadas de la iglesia de Santa Cruz, que nos ponen en demanda de la Puerta del Mar primero y del catre que nos espera a cada uno en la Descubierta y la Atrevida.

La alborada nos ha recibido en la bahía con situación de levante en calma, y la salida del sol, que por estas fechas desde Cádiz lo hace por detrás de la sierra de Grazalema, nos encuentra en la Descubierta junto a los miembros de la tripulación destacados en la corbeta, todos los cuales, se disponen con diligencia a sus faenas de preparación y estiba de los enseres que comienzan a llegar desde tierra, algunos tan delicados como el material instrumental para las observaciones astronómicas y otros tan necesarios como los pertrechos para la despensa. Observando la aptitud y comportamiento de estos marineros, puedo ver la acertada elección que se está haciendo de las tripulaciones. Sin duda, se puede apreciar la mano de Valdés comisionado a tal efecto por Bustamante y Malaspina. Me reconforta saber que los tres conocen bien las exigencias y necesidades del largo trabajo que nos espera por todas las latitudes del planeta y de las capacidades que puede demostrar tal o cual marinero, incluso más allá de lo que pueda decir o esconder su historial.

Hoy debemos acudir al Trocadero de Puerto Real, y en previsión de fuerte levante que nos anuncia la encalmada del amanecer, el fuerte calor ya reinante y la brusca subida del barómetro, no lo haremos con el falucho de la Descubierta como teníamos previsto. Por el contrario, nos desplazaremos en calesa hasta el fuerte de San Lorenzo del Puntal y desde allí, cruzaremos el estrecho de Puntales hasta el castillo de San Luís al otro lado de la bahía, donde debemos revisar como se ultima la elaboración de la jarcia de respeto que aún nos falta y los detalles de su envío hasta el puerto de Cádiz. Probablemente ésta comisión nos alcance para todo el día, con lo que pretendemos pernoctar en el arsenal de la Carraca donde tenemos que comprobar el estado y traslado de las herramientas de calafate y las planchas de cobre de respeto que aún faltan por embarcar sobre todo en la Atrevida.

Sin mayor dilación, cuando el sol aún acaricia las cumbres de la montaña de San Cristóbal, recogemos nuestro pequeño equipaje ya preparado, revisamos conjuntamente por última vez los libros de contaduría con los que trabajaremos toda la jornada y desembarcamos de la Descubierta en el mismo bote que nos condujo de vuelta la noche pasada. Al llegar a tierra, tomamos el carruaje al pie de las murallas que flanquean el barrio de San Carlos y emprendemos la marcha trabajosamente, rodeados por el enorme trajín de gentes y mercancías que hay ya a estas horas alrededor del baluarte de Santiago, junto a la aduana. Por fin y tras varias paradas forzadas, nos deshacemos del bullicio una vez pasada la puerta del Mar y nos disponemos a subir el largo repecho coronado por la puerta de Tierra.
Al pasar los glacis que flanquean la muralla por extramuros, podemos observar los apuros con que se desenvuelven el cochero y el pasajero de un coche de rúa que ha perdido una rueda.

Al percibir nuestra llegada, el pasajero, un clérigo joven, empieza a llamar nuestra atención con grandes ademanes. Dada la situación, ordenamos parar nuestra calesa y al hacerlo, el viajero en apuros se dirige a nosotros a grandes zancadas hasta llegar a nuestra altura, no sin gran resuello y aún antes de darnos tiempo a bajar del coche para ofrecerle nuestra ayuda. Sin más preámbulos ni salutaciones, nos hace partícipes de su premura por llegar hasta la nueva iglesia de San José, donde nos solicita lo traslademos sin perder tiempo, pues lo esperan para concelebrar un oficio religioso. Le indicamos que nos coge de camino pues nos trasladamos hasta Puntales, y sin mediar palabra se acomoda frente a nosotros, calmándose apreciablemente al ver que aceptamos complacidos su demanda y ordenamos retomar el viaje, no sin antes preguntarle si su cochero necesita nuestra ayuda, a lo que responde negativamente con un ostensible movimiento de cabeza, quedándose pues el hombre allí solo y afanado en su tarea de colocar la rueda desprendida.

Tras una breve presentación y al preguntar por su acento, nos comenta que es natural de la meseta, de una aldea cercana a Castellar del Arroyo y que está en Cádiz de paso esperando dirigirse a las Indias, a Maracaibo, donde ha sido destinado por sus superiores. Es el momento en que las primeras rachas de Levante comienzan a mostrarse aún con timidez, lo que no parece ser del agrado de nuestro invitado.

Por nuestra manera de hablar, nuestro joven acompañante deduce que no somos naturales de Cádiz y a su pregunta le informamos que ambos somos de Guarnizo, Santander y mientras el vaivén de la calesa demuestra que avanzamos cuesta abajo a buen paso, nos comienza a regalar con un discurso de tono enfático con el que dice, querer prevenirnos sobre la relajación, la desvergüenza y el desatino mundano en el que según él, permanece inmersa y abandonada toda la ciudad. Cosa que ha podido comprobar durante todo el mes que lleva viviendo en Cádiz alojado en el Convento de Santo Domingo y como ejemplo, nos hace referencia al tumulto mundanal –frase que adornó enarcando los ojos y levantando las manos- que ayer mismo tuvo que soportar de regreso al convento, mientras caminaba por la noche en los alrededores del arco que llaman del Pópulo, junto al mismísimo Ayuntamiento. -Y crean ustedes, señores que allí mismo había señoras, señoras en la calle y de noche, claro está, señoras por decir algo. Continúa diciendo, -Que portaban vasos con licores en las manos y que estaban rodeadas de hombres, y no crean ustedes que ahí acaba, además y por si fuera poco, se desenvolvían con el mayor desparpajo y aún con risas complacientes. La inmoralidad más completa en plena calle y rodeadas como estaban de todos esos herejes seguidores de Calvino que llegan en esos condenados barcos. Y créanme ustedes que tengo entendido que hay ciertas casas en la ciudad, que tienen a su servicio a turcos y a sarracenos y que en privado, sus señores, les consienten sus prácticas infieles y el remate de la decadencia señores míos, hasta el mismísimo Santo Oficio en Cádiz hace como que no se entera de nada. Santísimo Dios, a donde vamos a llegar, y todo por la perniciosa influencia de esos luteranos que van a conseguir condenarnos a todos.

Dado nuestro atento silencio ante su discurso y la ausencia de demostraciones de complicidad por nuestra parte, se muestra extrañado e inquieto y termina preguntándonos directamente que nos parece todo aquel estado de desvergüenza. La respuesta que obtiene es en forma de pregunta sobre la naturaleza del comportamiento inmoral que pudo observar en aquellas damas. Lo que produce en nuestro exaltado acompañante un golpe de excitación que manifiesta con un brinco que lo levanta del asiento, al tiempo que nos señala con dedo acusatorio calificándonos, así de pronto, como unos descreídos relajados de moral y nos advierte, o amenaza, que nuestra actitud es pecaminosa y no pasará desapercibida por impropia de buenos cristianos.

A pesar de permanecer erguido en el filo del asiento y con la mirada alternativa en cada uno de nosotros, su desconcierto va en aumento al percibir que su discurso no consigue intimidarnos y tras un breve silencio en el que solo se escuchan las pisadas rítmicas de los cascos de los caballos, le demando su respuesta a nuestra pregunta sobre la naturaleza inmoral del comportamiento de aquellas señoras. Ahora, nuestro exaltado compañero de viaje cambia radicalmente su actitud corporal y se recuesta de golpe en el respaldo del asiento y con los ojos abiertos de par en par mirando hacia arriba, comienza a evocar a todos los santos y a relatar a media voz y en pésimo latín, lo que parece ser una letanía. Nos salva el término del trayecto, pues la calesa se detiene, apareciendo por nuestra izquierda la flamante iglesia de San José cuya traza neoclásica parece traer algo de razón al último tramo del viaje.

Antes de emprender de nuevo el camino hacia el fuerte de San Lorenzo del Puntal, nos despedimos aunque de una forma igual de extraña a como nos encontramos, pues al poner nuestro joven clérigo su pie en tierra sin darnos las gracias por su socorro, se vuelve hacia nosotros y a modo de fanático colofón nos señala con el dedo diciendo –Ya comprendo. Ustedes son miembros de esa expedición del demonio, dirigida por ese italiano descreído que pretende ni más ni menos que desentrañar los secretos de la naturaleza y del firmamento. ¡Soberbia! Solo soberbia. Eso a lo que ustedes le llaman ciencia, no es más que soberbia, pues como todo buen cristiano sabe; comprender la naturaleza solo está al alcance de Dios nuestro Señor. Y con comportamientos como los suyos- sigue levantado su dedo acusador -no solo se ofende a Dios, además os gastáis los caudales del reino en inventos y artilugios que solo sirven a Satanás, en lugar de dedicarlo a obras de la iglesia y a limosnas piadosas para los pobres. Dicho lo cual, se da la vuelta bruscamente y se marcha alejándose de nosotros hacia la iglesia, hasta llegar junto a un grupo de personalidades que permanecen reunidas a la entrada del templo. Su ausencia nos ha brindado un reconfortante silencio al que se suma una bocanada de brisa fresca surgida como por encanto desde el pequeño acantilado dunar que flanquea al océano y por el cual, debemos internarnos dentro de pocos días rumbo a las Indias y a las antípodas.

El viento de Levante se ha entablado definitivamente en el este sureste con su vigor característico, comenzando a llenar de espuma blanca las aguas del saco interno de la bahía que queda a nuestra derecha. Por la izquierda, en dirección a Cádiz, las aguas entre Puntales y Matagorda se perciben como un manto tremendamente agitado compuesto por una inmensidad de olas cortas rompientes, resultado de la conjunción de fuerzas con que viento y la marea las empujan por el estrecho canal hacia la bocana. El patrón del balandro que nos va a cruzar a la otra orilla es buen conocedor de estas situaciones y nos apremia a embarcar, indicándonos que debemos ponernos los capotes para evitar los rociones a la vez que ordena a los marineros cubran y estiben debidamente nuestros petates. Ya a bordo, nos comenta que dentro de media hora, cruzar el estrecho desde Cádiz hasta El Trocadero será imposible sin tener que dar al menos dos o tres bordadas y que ahora, mientras el viento no role media cuarta al este, podemos intentar la travesía directa, dado que su barco, el Almadraba, es un muy velero y recibe bien el viento por la amura.

Algo menos de media hora después, tras una tremenda paliza de vaivenes y pantocazos secos, empapados nuestros capotes y las velas, llegamos al embarcadero existente en la orilla contraria donde se sitúa el fuerte de San Luís que defiende la entrada del caño de El Trocadero. Nos ayudamos del viento a favor para largar dos amarras a los marineros que nos aguardan en el muelle, que con diligencia aferran a los bolardos, mientras nuestro barco, acerca suavemente su través al cantil de roca ostionera donde sin más preámbulo saltamos a tierra al tiempo que los tripulantes desembarcan nuestro equipaje. La despedida, desde tierra, es instantánea y a viva voz. Damos las gracias al patrón que saluda con cortesía y seriedad, ordenando soltar primero la amarra de proa lo que produce la ciaboga del navío, sirviéndose de la corriente de marea del caño y de dos bicheros, después, suelta la de popa para despegarse del cantil, utilizando los remos hasta ganar el centro de la corriente momento en el cual, despliega el tormentín recibiendo el viento de por el través de babor a buen seguro hasta que logre enfilar por el través de estribor el fuerte de San Lorenzo del Puntal momento en el cual, virará a estribor hasta enfilar por la proa su embarcadero con el viento a popa. Sin duda un magnífico practico, pensamos ambos, al observar la diligencia y limpieza con que se desenvuelve toda la maniobra.

Tras presentar nuestros respetos y salvoconductos al oficial que nos da la bienvenida, le indicamos nuestra intención de acudir hasta las fábricas donde se manufactura la jarcia, presentándonos y poniéndonos a nuestra disposición a Damián Pecci, un paisano de mediana edad, natural de Puerto Real experto calafate y que según nos confiesa el mismo, es aficionado a la traza de buques de menor porte durante el tiempo que le permiten sus obligaciones con la Real Armada, pues colabora con un nuevo varadero existente junto al fuerte de Matagorda, donde recientemente comienzan a construirse buques para el cabotaje y trasiego de pertrechos en la bahía. Ya lo sabíamos de sobra, aunque viendo la disposición y conocimientos de Damián, nos volvemos a ratificar en la sabiduría y competencia de los naturales de Puerto Real para la fábrica de buques y sus equipamientos y ambos sabemos bien lo que decimos, pues además de por nuestro oficio de marinos, lo sabemos por ser naturales de Guarnizo, donde también se obran bajeles y se botan a la mar magníficos navíos.

La península de El Trocadero donde nos encontramos, es un extenso paraje de marismas altas, sobre el que emergen tímidas formaciones aisladas de sustratos rocosos. Queda limitada al este por un pequeño istmo que la acerca a la población de Puerto Real. Al sur está flanqueada por el caño del Trocadero y al norte y oeste por el río San Pedro y las aguas de la bahía. En este espacio se disponen alineadas y espaciosamente distribuidas, distintas dependencias y recintos, cada uno de los cuales está especializado en la elaboración de los diferentes equipamientos necesarios para el pertrecho de los buques y donde se está ultimando desde hace dos semanas, nuestro pedido de necesidades para el respeto de las corbetas.

Acordamos comenzar por la comprobación del estado de los distintos componentes de los aparejos y las jarcias. Llevados por Damián, entramos en una espaciosa dependencia precedida de un patio cuadrangular parcialmente entoldado y delimitado por tres impecables muros encalados. Me agrada comprobar cómo de forma silenciosa, una docena de operarios artesanos se mueven coordinados al compás, adujando un enorme calabrote de cuatro guindalezas. Cerca de ellos, bajo el enorme toldo, que antes fue una vela, una maquina de meollar es atendida por un maestro y sus cuatro aprendices, atentos todos a la voz del que gobierna el carretel donde se está enrollando el nuevo cabo obtenido de jarcia aprovechable, procedente de los rechazos.

La espaciosa entrada de la nave, está parcialmente cubierta por dos enormes esterones de esparto humedecido, dispuestos así para aliviar el calor que ya se deja sentir en el exterior. Al traspasar la entrada, vemos junto a un amplio ventanal con cierro abalconado de rejería, a un viejo maestro de rivera sentado sobre un taburete. Está rodeado de chavales –Son los aspirantes a aprendices. Nos cuenta Damián. El maestro, con visible ternura va indicando sobre un tablero con dibujos, el nombre de los distintos nudos usados en los oficios de marinero y fabricante de buques: cote o malla, as de guía, nudo de rizo… repite monótonamente ante su embelesada audiencia. En el suelo, sobre la estera donde se sientan los niños aspirantes, se amontonan pequeños cabos anudados, sin duda los ejercicios que cada chaval va haciendo a las órdenes de su maestro.

Avanzamos por la inmensa nave de suelo terrizo, que en estos momentos está siendo humedecido con regaderas. En el techo, una sucesión de claraboyas tintadas de azul Prusia confieren al interior una agradable luminosidad matizada por el trasluz que llega desde los ventanales que dan a levante, tapados con esteras humedecidas y de los que dan a poniente, por donde la luz difusa penetra a raudales. Antes de llegar a la mesa de guarnicionería, nos ha ganado la sensación de frescor y nuestros oídos, ya plenamente aclimatados al ambiente interior, perciben los matices de los sonidos, traqueteos, y percusiones típicas de las diversas maquinas y herramientas que se reparten por toda la enorme sala.

La comitiva que no ha pasado desapercibida ante los ojos de los operarios que permanecen concentrados en sus tareas, no produce ninguna alteración en el ritmo del trabajo, ni en la cadencia de sonidos de la actividad fabril. Al llegar a la altura de las mesas de guarnicionero, el maestro, nos recibe digno y cortés. Nos presentamos y le informamos de nuestra filiación a las corbetas Descubierta y Atrevida, buques que conoce bien, pues intervino en diferentes momentos de su reciente construcción en el arsenal de la Carraca. Concluidas las presentaciones, comienza por mostrarnos las distintas vigotas listas para ser empacadas con destino a nuestros buques. Nos acerca una plantilla para que comprobemos la geometría, el tamaño y disposición de los tres agujeros pasantes y la medida de la escotadura por donde se ha de engastar el cabo del obenque, lo que nos complace, mucho más al comprobar su perfecta elaboración y solidez, todo lo cual y sin perder detalle, anotamos en nuestros libros, comenzando así, nuestra labor que tenemos previsto se alargue hasta bien entrada la tarde. El ambiente es rigorista y todos permanecemos concentrados en los detalles. De vez en cuando, el maestro es requerido o interrumpido por algún operario y la comitiva detiene su labor, momentos que Pepo y yo aprovechamos para intercambiar impresiones.

Pasada una hora del medio día, cuando los aprendices han terminado de comer en el caldero preparado por su maestro y se disponen a emprender el camino hacia sus casas, casi todas situadas en el arrabal de Puerto Real donde viven casi todos los que trabajan en la jarcia, decidimos hacer un alto en nuestra labor de inspección, habiendo comprobado ya los barbiquejos, los distintos tipos de motones para los amantes de las velas, los cuadernales, roldanas y pastecas y dejando para la tarde, los acolladores, defensas de costado, cornamusas, grilletes y boyas de fondeo. De esta forma, Damián y el maestro nos conducen en calesa descapotable hasta una casa salinera próxima, donde almorzamos un guiso de lisas de estero achampañado de una piriñaca, precedido a modo de aperitivo de un buen vino jerezano y un trozo de queso cabra Payoya, suficientes para reponer nuestras energías y emprender rápidamente el corto camino de regreso a El Trocadero.

Al igual que en la mañana, proseguimos con nuestra tarea, hasta que las sombras de la tarde comienzan a alargarse, dorando la marisma y mostrando ante nuestros ojos, nuevos matices del paisaje que se torna nítido y cálido en contrapunto a la reverberación de la luz y el sofocante calor que el mediodía veraniego imprimió hoy a la planicie marismeña.

Con los libros de contaduría cerrados, rubricados y conformes por los allí presentes, abordamos los detalles del traslado a Cádiz de todos los enseres inspeccionados, que ahora ocupan un considerable montón de fardos primorosamente preparados. Tras breve conversación, todos nos mostramos de acuerdo con Damián que sentencia para mañana el cambio de viento de Levante a Sur, con lo que acordamos el traslado de los respetos por mar en falucho, mucho más rápido y menos fatigoso que por tierra, dando la orden de embarque y estiba para antes de la puesta de sol, lo que nos complace al ver que comienza a ejecutarse con diligencia y buen oficio, primero llevando los fardos en carro hasta el cantil del muelle y después, hasta el embarque y estiba en las bodegas de la embarcación, auxiliándose para ello, de una cabria y de distintos aparejos y eslingas.

A punto de concluir la estiba, vemos asomar la proa del Almadraba por la bocana del caño, lo hace ciñendo un viento ya muy calmado por la amura de estribor y hundiendo suavemente su proa contra la corriente. Porta en su mástil un estandarte de aviso, que indica que trae un correo. Tras unos minutos, atraca con rapidez al muelle, trincando las amarras. En tierra, tras los saludos correspondientes, su patrón me hace entrega de un despacho que dice provenir de la Descubierta. Al abrirlo, compruebo que está escrito de puño y letra por nuestro comandante Don Alexandro Malaspina, indicándonos que nos dirijamos hasta su navío dando por concluida nuestra comisión, y que no regresemos, sin antes asegurar el envío del pedido de necesidades de respeto, imprescindible para dar la vela lo antes que nos sea posible. De esta forma, desistimos de dirigirnos a la Carraca para en su lugar, volver a Cádiz en la misma embarcación en la que llegamos esta mañana.

Antes de partir, acordamos que el falucho con el cargamento, zarpará hacia Cádiz en cuanto el viento lo permita con la intención de llegar al lugar de fondeo de las naves antes de las primeras luces de mañana. Entonces nos despedimos de Damián y del maestro al pie de cantil, momento en el cual, un sol dorado y enorme comienza a recortar a contraluz los contornos del caserío de Cádiz presidido por la torre Tavira y la emergente obra de la nueva catedral en construcción.

Al embarcar, el patrón nos anuncia que hace una hora, que en Cádiz, el levante ya ha se ha mudado por una suave brisa variable del Sur y aunque ésta, aún no lo ha llegado a El Trocadero, la nueva situación parece establecerse, por lo que se ofrece a desembarcarnos en las corbetas haciendo todo el viaje por mar, a lo que accedemos gustosos mostrándole nuestra gratitud. De esta forma, podremos cumplimentar las órdenes de Malaspina y presentarnos en la Descubierta a buena hora de esta misma noche.

Tras pasar la estrechura de Puntales, comenzamos a navegar próximos a la costa de Puerto Real ganando poco a poco el fondeadero de Cádiz. Lo hacemos plácidamente empujados con una suave brisa del sur oeste, mientras observamos por la amura de estribor el dibujo de Casiopea que luce por encima del espejo oscurecido de la bahía, ahora sereno bajo una bóveda celeste presidida por Vega y Altaír y flanqueado un poco más al éste por las marismas de Los Toruños, ribeteadas por un finísimo zócalo blanquecino clareado por la tímida luz del cuarto creciente que alumbra el arenal de la playa desde la atalaya lunar.

De la levantera pasada, casi no quedan restos excepto la pequeña agitación de fondo en las olas de la canal, lo que nos proporciona un suave cabeceo que no llega a levantar rociones. Avanzamos al norte hasta tener por el través de babor la negrura de la impresionante mole que son las defensas de las puertas de Tierra y es entonces, cuando viramos dos cuartas a babor a la vez que comenzamos a distinguir por la proa los mástiles y las siluetas de la Descubierta y la Atrevida, al tiempo que observamos a escasa distancia por babor, las sombras de la gran cantidad de embarcaciones menores que permanecen fondeadas esperando las primeras luces del día para reiniciar su labor de trasiego de mercancías y pertrechos entre los buques y tierra.

El balandro logra pasar con maestría entre el enjambre de embarcaciones hasta quedar franca su proa, momento en el que ponemos rumbo directo a las corbetas, observando que los ventanales a popa de la Descubierta están iluminados, señal de que el comandante permanece trabajando en su cabina. Ya junto a su bordo, voceamos la señal convenida y son izados nuestros petates hasta cubierta, con el amantillo dispuesto para el embarque de mercancías, al tiempo que nos disponemos a trepar por la escala de mano, no sin antes agradecer sinceramente al patrón del Almadraba la inestimable ayuda que nos ha dispensado durante todo el día. Éste, que con mirada franca nos desea una buena singladura, nos detiene un instante diciendo que aunque somos santanderinos de nacimiento, también somos gaditanos por años de estudio y que como tales, podremos llevar desde Cádiz a todos los rincones del mundo el renovado espíritu de la libertad y del entendimiento entre las gentes contra la esclavitud, los caprichos y excesos de los poderosos y las injusticias contra el pueblo llano.

Al ver nuestras caras complacidas, prosigue diciendo que tales cosas, solo pueden servir para horadar el cuerpo político de una nación, y que desde sus humildes entendederas, esto no solo puede producir la ruina de sus instituciones y el perjuicio sus habitantes y que se atreve hablarnos así, en agradecimiento a los que le enseñaron a pensar por sí mismo y que conoce son nuestros amigos y compañeros en la Real Armada, pues aprendió a leer y escribir gracias a su propio esfuerzo y a las enseñanzas de su jefe, un oficial de marina que no nos nombra, amante de las luces de la razón a veces tan escasas y a la vez tan necesarias en nuestra patria.

Las palabras de este hombre lejos de ser excesivas, producen en nosotros gran conmoción al ver como hombres valerosos y capaces como él, empiezan a encontrar un camino para salir de la ignorancia y la superstición. Nos damos un sincero abrazo y le aseguramos que la expedición entera está al servicio de la razón, de la ciencia y de la libertad, y que todas ellas a la vez lo están al servicio de España.
Una vez abordo, nos dirigimos directamente hacia la cabina del comandante que no nos hace esperar. Está acompañado de Bustamante, ambos sentados alrededor de una mesa repleta de despachos, notas y escritos que se amontonan sobre el plano de la bahía de Cádiz que acaba de elaborar Vicente Tofiño. Nos saludan con cortesía y afecto, dejando sus quehaceres y brindándonos una copa de vino moscatel de Chiclana con el que nos acompañan y que nos sabe a gloria.

Tras relatar los detalles principales de nuestra misión y asegurar el envío de los respetos para la mañana siguiente tal y como convenimos en El Trocadero, Malaspina nos anuncia que tanto las herramientas de calafate como las planchas de cobre que nos faltaban ya están a bordo y a plena satisfacción de los contramaestres y carpinteros, y que todas ellas han llegado al medio día por tierra desde el Arsenal, razón por la cual, nos hizo volver de regreso a Cádiz.

Mi compañero Pepo es requerido por Bustamante para una importante tarea que debe realizar mañana. Se trata de una instrucción para una parte de la marinería con objeto que ésta se familiarice en el manejo y cuidado de los enseres necesarios para los estudios oceanográficos, los cuales han de llevarse a cabo desde el inicio mismo de la expedición. Debido a su erudición, también le encomienda para una instrucción básica sobre botánica a un grupo escogido de marineros, haciéndole entrega de unas magníficas láminas realizadas por Juan Ravenet y que Pepo debe utilizar a tal efecto. Trabajo que sin duda le llevará gran parte del día.

Por mi parte, he de acudir antes del medio día junto con Dionisio Alcalá Galiano a un acto formal de presentación a la sociedad de Cádiz, de los científicos que nos acompañan en la expedición y que tanta expectación han generado entre los gaditanos en las últimas semanas. El acto, está promovido por una famosa tertulia donde acuden con frecuencia científicos, personalidades y comerciantes de la ciudad y que en ésta ocasión, ha sido organizada en la enorme azotea de una esplendida casa cercana a la iglesia del Carmen. La casa es propiedad de una hermosa dama interesada por los avances de la ciencia y amante de las artes. Vendrán con nosotros además del propio Alcalá Galiano, los astrónomos Juan José Vernacci, Felipe Bauzá y José Espinosa y Tello, también los botánicos Antonio Pineda y Luis Nes a falta de la llegada a Cádiz de Tadeo Hainke en viaje desde Praga. Por último, también nos acompañará el etnógrafo Ciriaco Ceballos Neto y los dibujantes Fernando Brambila y Juan Ravenet, tan importantes para la realización de los dibujos científicos.

El punto de encuentro es la plaza de San Juan de Dios, junto a la entrada del ayuntamiento, cuya corporación ha dispuesto dos carruajes descubiertos para nuestro traslado hasta la casa, sita junto a la nueva alameda. Al bajar a tierra, Dionisio ya me está esperando en el embarcadero. Ambos emprendemos el agradable paseo por encima de las murallas desde el baluarte de San Carlos hasta la puerta del Mar junto a la plaza, observando al paso, como se produce la arribada de un mercante bergantín de bandera portuguesa, que porta en su trinquete dos señales de las que suelen convenirse entre capitán y armador para el envío de mensajes reservados a la llegada a puerto.

Nos detenemos brevemente al contemplar que aún sin dar el ancla de fondeo, el bergantín se dispone a botar una lancha, lo que indica la premura por llegar a tierra de alguno de sus pasajeros. Seguimos nuestro avance y en un punto del camino coincidimos con Fernando Brambila y Luis Nes, que siguen nuestra ruta, pues ambos, se alojan en una pensión del barrio de San Carlos, lugar habitual de estancia para los comerciantes de paso en Cádiz.

Junto a la entrada del Ayuntamiento se nos suman Ciriaco Ceballos y Juan Ravenet con lo que completamos la comitiva que toma sin más preámbulo el camino del campo del Sur, más largo pero menos transitado que el del puerto, permitiéndonos al llegar a la muralla del vendaval, observar el inmenso y azulado horizonte marino que acompaña esta esplendida y agradable mañana de este día, miércoles 29 de julio de 1789.

Junto a la iglesia del Carmen, nos espera el resto de la comitiva que ha preferido llegar hasta aquí por su cuenta y una vez a pie, todos en grupo, recorremos el escaso centenar de metros que nos separan del lugar donde tenemos nuestra cita. Son las 10 de la mañana y el día, majestuoso, nos regala con un millón de contrastes tejidos por el sol y las sombras de las fachadas neoclásicas que dan al norte, el color vivo de las aguas azuladas de la bahía y el juego verdores que desprende el incipiente arbolado, entre el que corretean grupos de niños que llenan de vida al paraje, coreados monótonamente desde un cierro abalconado, por el sonido chillón de dos hermosos guacamayos enjaulados.

Bajo los toldos dispuestos en la azotea y la sombra de la torre mirador, nos enteramos que el bergantín portugués que hemos visto llegar a Cádiz hace un rato, lo hace directamente desde Tolón, Francia y que se ha formado un gran revuelo en la calle Nueva donde se compran y venden las mercancías y se intercambian los valores de las sociedades mercantiles, pues dicho buque, trae noticias acerca de las graves convulsiones que se están produciendo en Francia en estos días. Según el armador del buque, conocido en la ciudad y digno de toda confianza, el día 14 del presente, grupos de exaltados han tomado por la fuerza de las armas la prisión parisina de la Bastilla y a la salida de su barco desde Tolón, las noticias sobre el paradero del rey de Francia eran confusas y contradictorias. Todo parece indicar que los revolucionarios quieren derrocar a la corona y promulgar una ley con la que constituir un nuevo estado sin rey.

Entre los presentes se encuentra nuestro expedicionario Luis Nes, de origen francés que escucha silencioso y algo circunspecto todos los relatos y comentarios que allí se están diciendo. Gracias a Dios, que entre la mayoría de los presentes se está haciendo gala de gran delicadeza y nadie hace comentarios impropios en su presencia directa. La excepción proviene de un grupo desde el que se escuchan opiniones más o menos hirientes contra los franceses, realizadas en un tono calculadamente excesivo. Son personas todas de excelente posición, pertenecientes a cierta aristocracia del interior, que están pasando el verano en Cádiz huyendo de los rigores del calor de la campiña y la dehesa y que en este caso, han venido acompañadas de altos funcionarios de la Hacienda Real y de varios prelados también de visita por estos días en la ciudad. Ahora, estallan en carcajadas y risotadas ante las chanzas y ocurrencias de uno de los reunidos en ese corro. Paso junto a ellos y al notar mi presencia, mudan la conversación y la dirigen en torno a la mayor conveniencia de destinar los caudales públicos a las obras de la nueva catedral en lugar de a viajes para visitar tierras de salvajes, tan lejanas. -Sabiendo además que de esos salvajes, nada se puede obtener excepto la salvación de sus almas.

El resto de los reunidos, muestran verdadero interés por los detalles de la expedición y por la naturaleza de los trabajos a realizar en ella, las enseñanzas que se obtendrán y el aprovechamiento que podrá hacerse de los mismos una vez concluyamos nuestro periplo. Todo lo cual, es respondido una y otra vez con el mayor agrado por los miembros de la expedición allí presentes, al tiempo que una brisa fresquita de Poniente, nos llena de aromas marinos y suaviza el calor que a ratos se deja notar.
Ahora, desde el grupo de las risotadas, se aprecia claramente como festejan la reciente llegada del nuevo rey a la muerte de su padre, Carlos III. Comentando que el cuarto de los Carlos, mucho más cercano a la tradición y esencia de los españoles, no permitirá que los descreídos sigan copando cargos en el gobierno, esta vez, en clara referencia a Antonio Valdés, secretario de estado y ministro de marina; tío de Cayetano Valdés que viaja con nosotros como oficial a las órdenes de Malaspina. – El nuevo rey no permitirá que se siga gastando el dinero en cosas más propias de luteranos que de españoles, mientras se descuidan las obras piadosas. -Habrá que encargarse de elevarle a su Majestad la información adecuada para su mejor conocimiento sobre ciertos aspectos y personajes cercanos a su real persona. Palabras pronunciadas por el que lleva la voz cantante, un conocido título nobiliario y al que todos parecen querer complacer, coreando y riéndole las ocurrencias sin el menor disimulo.

Cercano el medio día, llegan hasta la azotea dos damas elegantísimas. Las señoras Lacave y Campbell de ascendencia francesa y escocesa respectivamente, ambas acompañadas de sus respectivos esposos, conocidos comerciantes de Cádiz con negocios en Cuba y Filipinas. Con todos ellos, llegan también el alcalde de la ciudad y nuestros comandantes Alejandro Malaspina José Bustamante. La entrada de estas personas en la reunión, causa tanta expectación entre los presentes que en su mayoría se vuelcan hacia ellos, pues momentos antes, ha llegado hasta la casa la noticia que se está propagando por toda la ciudad, de que mañana por la mañana las dos corbetas se darán a la vela.

La ciudad de Cádiz está muy acostumbrada a este tipo de despedidas que suelen dejar siempre un sabor agridulce en los que quedándose en tierra, ven alejarse a los buques por la bocana de la bahía. Por un lado, está el privilegio de haber sido anfitriones como tantas veces de los barcos y sus tripulaciones, lo que durante unas semanas ha supuesto un aliciente económico para los comercios y negocios de todo tipo, incluidas las tabernas y las casas de trato a las que tan aficionados suelen ser los marineros, también a las iglesias y conventos en los que muchos dejan parte de su paga en ofrenda para que se les conceda buena fortuna en la singladura y un feliz regreso. Por otro, el vacío que suelen dejar los buques y los familiares que se adentran en el océano, acompañados de la incertidumbre propia de los viajes por mar, siempre sujetos a los elementos o a los enemigos, aunque de estos últimos, por fortuna nada hay que esperar, al permanecer España en paz con ingleses y franceses.

Aunque en esta ocasión la despedida es especial. En primer lugar el proyecto de toda la expedición ha sido concebido en Cádiz desde su inicio, y ha sido llevado a cabo por personas que viniendo de todos los rincones de la monarquía española, han confluido en la ciudad y en su bahía donde se han formado como científicos y marinos al calor de la Escuela de Guardias Marinas y el Real Observatorio Astronómico y del impulso de grandes hombres de estado tan ligados a Cádiz desde los tiempos del propio Jorge Juan. De alguna manera la expedición científica es el resultado del triunfo de la razón sobre siglos de desaciertos y perjuicios en el terreno de lo político y de lo económico y que ahora, gracias al padre de nuestro actual rey, el llorado Carlos III y de la valía y capacidad de algunos de sus ministros como Antonio Valdés, se hace una realidad.

Por si fuera poco, los dos navíos expedicionarios: las corbetas Descubierta y Atrevida, han sido expresamente diseñados e íntegramente construidos para la expedición en el arsenal de La Carraca, y de su perfección y cualidades marineras pueden hablar cuantos han tenido oportunidad de maniobrarlos durante las pruebas de mar terminadas no hace muchas semanas. Por no hablar de la actividad económica generada durante su construcción en toda la comarca, pues no solo de tablazón se construye un barco, que también de aparejos, velamen, instrumentos y todo tipo de enseres y manufacturas que son fuente de riqueza para no pocos industriales y artesanos.

Aunque el verdadero valor de todo el proyecto reside en la consecución de los retos que tiene planteados y que bien conozco. Objetivos científicos en relación con el levantamiento de cartas hidrográficas en todas las costas a recorrer, el conocimiento y comprensión de las corrientes oceánicas en la costa oeste de las Indias por la mar del Sur, el levantamiento de derroteros desde Tierra de Fuego hasta los inexplorados confines antárticos y el reconocimiento e identificación de los recursos naturales. Mencionar también los estudios de la botánica de todas las zonas a visitar, el descubrimiento de las posibles nuevas especies de flora y fauna, el estudio geodésico y morfológico de las islas y territorios pertenecientes a de la corona tanto en la mar Océana en los territorios australes desde las Malvinas hasta Tierra de Fuego, como en la mar del Sur, desde Chiloé hasta Filipinas y la costa China, y desde la Oceanía hasta las islas septentrionales cercanas al Círculo polar Ártico, sin dejar de lado las relaciones con los caciques existentes en aquellas lejanas tierras. También, los estudios astronómicos en distintas latitudes para la mejor comprensión de la bóveda celeste y el desarrollo y perfeccionamiento de nuevos métodos de navegación astronómica, los estudios antropológicos y etnográficos para obtener el mejor conocimiento de las lenguas, costumbres y hábitos de las gentes que viven en aquellas tierras españolas y que resultan tan necesarios para su el buen gobierno. Y quizá, el reto más delicado y reservado y al que solo accedemos unos pocos, cual es, el análisis de la situación política en relación con la demanda de algunos virreinatos cuya burguesía, aspira a obtener mayores cuotas de autonomía en su gobierno y la autorización de la corona para comerciar libre y directamente con las potencias europeas y la incipiente nación americana. En suma, todo un plantel estratégico de objetivos de distinta naturaleza y máxima relevancia para mantener a nuestro país en la cabeza de los países que quieren liderar la escena política internacional.

Estas reflexiones me llegan al pensamiento a modo de un recordatorio con el que mi voluntad y animosidad se reconfortan y alientan a la vez que me empujan para ofrecer en todo momento lo mejor de mí mismo en la misión que me ha sido encomendada. Malaspina, parece adivinar mis pensamientos y apartándose un poco del resto de los contertulios, se acerca junto al pretil de la azotea donde me encuentro y me confirma que efectivamente ha decidido dar la vela para mañana a las 9h.-Una vez que han llegado esta misma mañana los últimos despachos que esperaba de Antonio Valdés. Aprovecharemos –dice- la marea y el viento que con toda probabilidad esta noche rolará al primer cuadrante. También me cuenta que el bergantín de bandera portuguesa que ha arribado esta mañana, traía un despacho reservado desde la embajada en París a nombre Luis Nes que le acaba de ser entregado dentro de otro dirigido a él como comandante de la expedición, explicándole que el despacho reservado para Nes, contiene noticias personales para el botánico y añadiendo que la situación en Francia es muy compleja y que en cualquier momento puede estallar una revuelta en toda la nación que puede poner en grave riesgo a su majestad, a los realistas y al estado mismo.

En un ambiente relajado, donde los distintos corros hablan de forma desenfadada de lo divino y de lo humano, lo que incluye la mezcla de los chismorreos con los asuntos más serios; llega la hora de la despedida después del pequeño aperitivo con que hemos sido obsequiaos por nuestra anfitriona. De esta manera, de forma pausada, un rosario entero de personas comienza a bajar la estrecha y empinada escalera de la casa, cuya inclinación decrece a medida que descendemos cada uno de los cuatro pisos, hasta mostrarnos en el último tramo una anchura y belleza propia de las escaleras existentes en los mejores palacios. Es a su pie, ya en el patio sobre el aljibe, cuando el grupo de los terratenientes comentan que echan de menos el almuerzo con el que según su parecer, debía haber terminado la reunión, a la vez que por sus miradas esquivas y torvas, parecen conjurarse contara los descreídos que nos vamos de excursión en dos barcos de Su Majestad.

– Si el nuevo rey hubiera llegado un año antes, estos no salen hoy de Cádiz. Puedo escuchar entre el murmullo general y antes que mi instintivo reflejo me traicione, me encuentro con la mirada de Dionisio Alcalá Galiano que me disuade de responder como se merecen. – Ya les daremos regreso, ya. Siguen comentando. Sin hacerles el menor caso, salimos a la casa puerta donde me despido de mi anfitriona que con su mirada, agradece mi templanza y me ofrece su mano con un gracioso guiño a modo de despedida.

La mañana del jueves día 30 de julio de 1789 aparece con un horizonte nítido bajo un mar azul claro, propio de los días en los que sopla viento del noreste. A las 9h, los edificios que se asoman paralelos al puerto cercanos a la aduana, aparecen engalanados con banderolas y colgaduras. En la casa de las cuatro torres, donde estuvo el antiguo almirantazgo ondean cuatro pendones carmesíes representando a la ciudad y por todas las torres mirador de la urbe, ondean larguísimos grimpolones de diferentes colores que como inmensos catavientos, parecen señalarnos el rumbo suroeste en dirección a Montevideo. Sobre las murallas y baluartes de Santiago y San Carlos, un enorme gentío va y viene para ganar el lugar desde el que dar un último adiós a los familiares, amigos y prometidos que están a nuestro bordo, mientras el joven sol, engrandece el espectáculo iluminando fachadas y balcones que lo reciben con reflejos en sus cristales y en la colorida masa de gentío que se agolpa en sus azoteas. Por encima de todas ellas, coronando la ciudad, se exhibe resplandeciente la blancura de la torre Tavira donde comienza a trepar por uno de sus mástiles la señal de “Buena singladura, que Dios os bendiga” al tiempo que un larguísimo y estrecho pabellón rojo y amarillo comienza a ondear en lo más alto de su atalaya, acompasándose a los innumerables que ya lo hacen por las torres de toda la ciudad y que nos dan la información, que a modo de despedida nos brindan los gaditanos para que conozcamos con seguridad la dirección y firmeza del viento al levar el ancla.

Es impresionante el cúmulo de embarcaciones menores engalanadas con gallardetes y banderas que se dan cita en torno a las corbetas: faluchos, lanchas, goletas, atuneros de las almadrabas, botes de todos los tamaños, gabarras, bergantines fondeados que se suman engalanando su jarcia, balandros de los que llevan avisos entre los buques fondeados, todos van y vienen repletos de gente y se arremolinan con gran festejo entre las corbetas, que lucen en todo su esplendor engalanadas con banderas y gallardetes rojos y amarillos conforme a nuestra nueva enseña, que flamean al suroeste. La banda de música de la guarnición hace sonar sus pífanos y tambores haciendo que a muchos de los reunidos les asalten lagrimas incontinentes, momento en el que Malaspina, da orden de virar el ancla, el capellán lanza una plegaria y suenan los silbatos de órdenes que ponen en movimiento a los marineros que sirven los cabestrantes y a los gavieros que ataviados con sus mejores ropas, trepan metódicos y acompasados por los obenques hasta las vergas.
Poco antes de las 10h, ganados los cabos de las anclas desde los escobenes y trincándose éstas a los costados y serviolas, se cazan completamente las escotas de los foques y las drizas de las cangrejas, con lo que la brisa del noreste comienza a mover los buques, al tiempo que son desplegadas y aseguradas las gavias, al son del silbato del contramaestre al que responde una cadena de marineros halando de las brazas y escotas, comenzando ambos navíos a ganar viada, al tiempo que el timón comienza a gobernar nuestra nave que sale a la bahía hasta dejar por la amura de babor la enfilación del arrecife de las Puercas. Los navíos, lentamente siguen su marcha rodeados, más que acompañados, por un enjambre embarcaciones repletas de entusiasmadas gentes que jalean, ondean pañuelos y vociferan saludos y deseos de buena ventura. Media hora más tarde, solo queda a nuestro barlovento el balandro del práctico en el que navega el capitán de puerto que nos ofrece un último y emotivo adiós, agitando las manos con la iglesia del Carmen ya por la aleta de babor y punta Candor por la amura de estribor.

Ahora, mientras navegamos paralelos la costa hasta llegar a la Isla, lugar donde se dieron al mar nuestros navíos y rendir así nuestro particular homenaje al astillero de la Carraca y antes de poner definitivamente rumbo a Montevideo, podemos distinguir sobre el arrecife un carruaje de los usados para viajes de larga distancia, tirado por seis caballos que se apresura en dirección a Cádiz por el arrecife, al tiempo que levanta una impresionante polvareda. Sin duda, sus pasajeros quieren llegar cuanto antes a la ciudad. Desde el carruaje un pasajero llamado Tadeo Hainke escruta el horizonte con un catalejo y presiente que aquellas velas pertenecen a los buques en los que él debería estar embarcado.

Su nombre, Tadeo Hainke, será uno de los más reconocidos por sus trabajos realizados en los próximos años a bordo de esos buques, en los que por fin logrará embarcar en la costa del Pacífico tras llegar a Montevideo y cruzar a pie la cordillera de los Andes, lo que aprovechó para reconocer la flora y la fauna. No sin antes vivir un accidentado periplo con naufragio incluido en el navío Nuestra Señora del Buen Viaje y del que se salva ganando la costa de Montevideo y tras lo cual, persiste en su atinado empeño por ir tras las corbetas. Aunque naturalmente, todo esto no lo sabían aún ninguno de los protagonistas de nuestra historia de ficción basada en los hechos verdaderos que acaecieron un día en la ciudad de la luz y en el siglo de la luces, tan escasas y tan necesarias tanto antes como ahora, cuando Malaspina aún no goza del reconocimiento que se merece entre sus compatriotas españoles y mientras allá en el Canadá por aquellos lugares en los que navegó con la expedición a su mando, hay una universidad y un canal, el que emboca la entrada de la ciudad de Vancouver que llevan su nombre en su honor. Universidad y Canal de Malaspina.


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Segundo comandante de la corbeta: Descubierta R. O. del 15 de Julio de 2014.


22 Sep 2012 11:37
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Traducción al español por Huan Manwë para phpbb-es.com