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 Navío San Pablo 
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Uno de los tres primeros navíos de 74 cañones proyectados por Francisco Gautier y construidos en el astillero de Esteiro, El Ferrol, al ser trasladado este ingeniero a El Ferrol en 1767. Los otros dos navíos eran el San Pedro de Alcántara y el San Gabriel. Comenzó su construcción el 27 de julio de 1769, siendo botado al agua el 15 de marzo de 1771.



En 1773 zarpó con los citados navíos San Pedro Alcántara y San Gabriel para efectuar unas pruebas de mar al mando del brigadier don Juan Tomaseo, quien en su informe del 9 de mayo resaltó su buena velocidad, pero con algunos defectos que se fueron subsanando en navíos posteriores.



En junio de 1779 se encuentra en la escuadra del teniente general don Luis de Córdoba, al mando del capitán de navío don Carlos de la Villa, con la que realiza la primera campaña del Canal de la Mancha. A su regreso a Cádiz con la escuadra de Córdoba a mediados de noviembre participa con la misma escuadra en el bloqueo de las aguas del estrecho de Gibraltar, al mando del capitán de navío don Luis Muñoz de Guzmán. Durante este año de 1780 y el siguiente realiza varias salidas desde Cádiz con la escuadra de Córdoba. Entre julio y septiembre de 1781 realiza una nueva campaña en el Canal con la escuadra de Córdoba, regresando después a Cádiz. Estando con la escuadra de Córdoba en la bahía de Algeciras, se desata un temporal la noche del 10 de octubre de 1782, no pudiendo el navío entrar en el fondeadero, siendo enviado a Málaga por orden de Córdoba.



En 1790 zarpa de Cádiz con la escuadra del teniente general don José Solano Bote, marqués de Socorro al mando del brigadier don Francisco Millau, para la campaña naval desarrollada en aguas del cabo Finisterre por los incidentes de Nootka con los británicos.



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12 May 2008 15:02
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El 2 de septiembre de 1796 es puesto al mando del brigadier don Baltasar Hidalgo de Cisneros y de la Torre (ascendido a brigadier el 5 de septiembre del año anterior), destinado a la escuadra del teniente general don Juan de Lángara y Huarte, con la realiza varios cruceros por las costas de Italia y Francia, entrando en el puerto de Tolón, desde el que pasó a Cartagena. Con la misma escuadra, ahora al mando del teniente general don José de Córdoba y Ramos, zarpa de Cartagena el 2 de febrero de 1797 para ir a Cádiz, travesía que daría lugar a la batalla del cabo de San Vicente el 14 de febrero, en cuyo combate tuvo nueve heridos y el brigadier Hidalgo recompensado con el ascenso a jefe de escuadra por su destacada actuación. Entró con la escuadra en Cádiz el 3 de marzo, quedando bloqueada en Cádiz por la escuadra británica de Jervis.



A finales de abril de 1797 pasa a ser mandado por el brigadier don Luis de Villabriga y Rozas. El 12 de mayo de 1799 zarpa de Cádiz con la escuadra del teniente general don José de Mazarredo para unirse en el Mediterráneo a la francesa del almirante Eustache Bruix. Las dos escuadras acabaron juntas en Brest, bloqueadas por las escuadras enemigas. El 1 de enero de 1800 desembarcó el brigadier Villabriga por enfermedad, siendo sustituido por el capitán de fragata don Ignacio de Olaeta, que era el comandante de la fragata Nuestra Señora de Atocha. Permaneció el San Pablo en Brest hasta diciembre de 1801, cuando concluyó la guerra. Zarpa el 14 de diciembre de Brest con la escuadra del teniente general don Federico Gravina, al mando del capitán de navío don Agustín de Figueroa, para apoyar a la escuadra francesa del almirante Villaret-Joyeouse en la campaña de Haití.



Para su regreso a la Península zarpa de Cádiz conduciendo caudales, haciendo escala en Puerto Rico. A esta isla llega el navío Asia dañado por unos temporales. A bordo de este navío iba embarcado el teniente general don Gabriel de Aristizabal y su familia, que se trasladan al navío San Pablo y llegan a Cádiz el 20 de mayo de 1802 a bordo de este navío (ver navío Asia 3º).



En octubre de 1805 se encontraba en Cartagena con la escuadra de don José Justo Salcedo, al mando del brigadier don Juan José Martínez. En febrero de 1808 está en Cartagena con la escuadra del teniente general don Cayetano Valdés.



El 30 de julio de 1811 embarca en el San Pablo el Regente de España y comandante de los Ejércitos 2º y 3º Joaquín Blake y Jones, zarpando de Cádiz con la fragata Santa Lucía para escoltar a los transportes que llevan 6.000 soldados al puerto de Almería. De regreso a Cádiz embarca dos millones de reales para llevarlos a Alicante el 29 de agosto de 1811 y así dotar a las fuerzas que defienden Valencia de la invasión del mariscal Duch. Regresa a Cádiz el 9 de octubre de ese año.



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12 May 2008 15:07
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El 2 de junio de 1813 zarpa de Cádiz con un convoy de tropas y pertrechos de guerra rumbo a Montevideo, que estaba asediada por los insurgentes, llegando a ese puerto el 2 de septiembre, donde desembarcan las tropas del 2º batallón del regimiento de América y del primer escuadrón de granaderos expedicionarios. Durante este año y el siguiente realizó otros viajes a América al mando del capitán de navío don Antonio Vácaro. En 1714 se le cambió el nombre por el de Soberano.



En 1823 se le da el mando al capitán de navío don Francisco Javier de Ulloa y Ramírez de Laredo con el que hace un viaje a las islas Canarias, teniendo que volver a Cádiz por la falta de carena del navío que hizo que estuviera a punto de hundirse. A mediados de 1823 se encontraba en Cádiz, de nuevo asediado por el ejército y la marina francesa, cuando el rey pidió el apoyo del ejército del general Angulema, los Cien Mil Hijos de San Luis, que en realidad eran ochenta mil. El capitán Ulloa cesó en el mando del navío en octubre de 1823.



En 1827 se acabó de ponerle en servicio en Cádiz y razpó rumbo a La Habana con el navío Héroe y la fragata Restauración, según una resolución del Ministerio de la Guerra del 21 de octubre de 1827 por la que debía llevar 3.000 fusiles a La Habana. Otros autores, señalan que llegó a La Habana en los primeros meses de 1828. Al año siguiente inició la persecución del navío Congreso Mexicano, que antes era el español Asia, al enterarse de su presencia en el Caribe. Las fuerzas navales españolas en Cuba llegaron a ser poderosas, temiendo los mejicanos una invasión, incluso hubo un ingeniero y ciudadano norteamericano de Nueva Orleans, llamado Y. L. Ripaud, que propuso al gobierno mejicano en agosto de 1828 la destrucción de los navíos Soberano y Guerrero y una fragata, que se encontraban en La Habana, por 150.000 pesos, pagaderos después de su destrucción.


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12 May 2008 15:12
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Al mando del brigadier don Ángel Laborde, participa en 1829 en un intento de desembarco en cabo Rojo, Méjico, con las fragatas Santa Casilda, Lealtad y Restauración, tres bergantines, cuatro goletas mercantes y otros buques menores con 4.000 hombres embarcados al mando del brigadier don Isidro Barradas, zarpando de La Habana a las ocho de la mañana del 5 de julio, pero el desembarco fue suspendido por el mal estado del mar. Realmente, esta “expedición” estaba condenada al fracaso, pues se enfrentarían a 30.000 mejicanos en armas, desembarcando las tropas el 27 y 28 de julio para dirigirse a Tampico, siendo Barradas derrotado por los generales Santa Ana y Bustamente.



En 1830 regresa a El Ferrol desde La Habana, siendo desarmado, encontrándose en 1834 El Ferrol en estado ruinoso. Se armó en el verano de 1734 y se le destinó de nuevo a La Habana para relevar al navío Héroe, que estaba necesitado de carena y debía regresar a la Península. En 1840 se encontraba destinado en La Habana. En 1845 estaba en Barcelona durante la estancia de S. M. la Reina.



En diciembre de 1745 fue destinado otra vez a La Habana al mando del capitán de navío don José María de Bustillo. Realizó varias patrullas en defensa del comercio e intereses españoles.



Al mando de don Juan Lázaga sufre las consecuencias de un temporal en aguas de las Bermudas los días 6 a 8 de septiembre de 1854, quedando tan maltrecho que quedó abandonado en Santiago de Cuba. Por la imposibilidad de llevarlo a La Habana para su desguace se pensó, en enero de 1956, en utilizar su casco como lazareto para la Junta de Sanidad de Cuba, restituyendo su antiguo nombre de San Pablo .



Citar:
Revista de Historia Naval, año 2002, nº 78, José Ignacio González-Aller Hierro, "Origen e identificación de algunos modelos de barcos del Museo Naval"

R. H. N., año 2002, nº 79, Álvaro de la Piñera y Jacqueline Thiers, "La construcción naval en España durante el siglo XVIII".

R. H. N., año 1990, nº 28, Antonio Egea López, "Ángel Laborde, comandante del apostadero de La Habana".

Archivo General de Indias, Estado, 81,N.76.

Archivo Histórico Nacional, Consejos, 20237, EXP.4.

Revista General de Marina, noviembre de 1992, Misceánea.

R. G. M., agosto 1949, Carlos Vila, "Apuntes para la historia de la Marina de Isabel II. La guerra civil".

R. G. M., enero 1958, Juan Llabres, "La chistera del comandante del Soberano".

Cesáreo Fernández Duro, "Disquisiciones náuticas", Tomo V.

José Ignacio González-Aller Hierro, "La Campaña de Trafalgar. Corpus Documental".

Enrique Cárdenas de la Peña, "Semblanza marítima del México Independiente y Revolucionario", Secretaría de Marina, México, 1970.

Jacobo de la Pezuela, "Ensayo histórico de la isla de Cuba"



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12 May 2008 15:30
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NAVÍO DE LA REAL ARMADA

SOBERANO (ex SAN PABLO).

La última travesía del Soberano. Una historia de marinos españoles, de sufrimiento y de sacrificio.

"1854.
SOBERANO.
El navío Soberano de 74 cañones, antes llamado San Pablo, fué uno de los que, llevando precisamente los nombres de los doce discípulos escogidos por el Salvador para evangelizar el mundo, se construyeron á la par en las gradas del astillero de Ferrol y bajaron al agua en 1770. Cambiado su nombre por el de otro navío del mismo porte que se desguazó en el arsenal de la Carraca en 1804, ya el único de sus compañeros, llegó a serlo tambien de los buques de su clase, en una nación que tantos ha contado. Su historia es un compendio de la marina española y encierra por lo tanto páginas bien tristes que no es oportunidad de registrar; pasámoslas hasta llegar al año 1845 que ofreciendo más risueño aspecto á la renaciente armada, le presentó este buque, notable por más de un concepto, recientemente carenado y armado con un esmero y aun lujo que demostraba la predilección á un venerado objeto, resto y memoria de la opulencia pasada.
Navegó pacíficamente en el mar de las Antillas y costas de la Península, sirviendo de escuela práctica á muchos de nuestros jefes y oficiales, sin perder en su vestusa edad la excelencia de sus propiedades marineras ni la rapidez sobresaliente de su marcha, hasta el año 1854 en que, eclipsado su prestigio por la comparación con otros buques recientemente construidos, y dispuesto el envío de considerables refuerzos al ejército de Cuba, fué designado, con varias fragata y transportes para este servicio, á cuyo desempeño había de preceder el desembarco de casi toda su artillería.
Rindió con felicidad su viaje á Puerto-Rico y la Habana, al mando del capitán de navío D. Juan Bautista Lazaga y en el último puerto cargó maderas de construcción para regresar á la Península, en virtud de las órdenes del gobierno. El comandante, que antes de la salida de Cádiz y visto el estado de aforro interior, baos, curvería y considerable quebranto del buque, había solicitado su reconocimiento, insistió para que se verificase en la Habana, atendiendo á que la estación de los huracanes en que iba á emprender el regreso á la Península hacia posible el encuentro de tiempos duros y de las averías consiguientes; más siendo terminantes las órdenes antedichas, se le cominicó la de salida del puerto que verificó con 200 hombres de dotación y 300 licenciados del ejército de transporte el 28 de Agosto, escoltándole, hasta desembocar el Canal de Bahama, el vapor Pizarro.
El 2 de Septiembre, franco el canal, tomó la vuelta de E. que siguió con vientos del NNE. hasta el 6. Este día se presentó de mal aspecto, con frecuentes chubascos y mar gruesa: el barómetro descendía, anuncio que se tuvo en cuenta para hacer prudentes preparativos con que recibir el mal tiempo y así, al romper este al medio día en un furioso chubasco del NE. quedó el navío á la capa, mura á babor, con la gavia en todos los rizos, cangrejo mayor y trinquetilla, el barómetro en 29,1.
Nada hacía suponer hasta entonces que era huracán el que se presentaba, de otro modo ocurriría al lector, por la entrada del viento, que se hallaba el navío en su segmento NO. y que le convenía precisamente la vuelta contraria á la que se tomó; más encontrándose el buque en aquel momento en lat. N. 30˚ 23' y longitud O. 71˚ 31' ó sea en la demora de la tierra N. 58˚ O. distancia 170 millas, una capa corrida, cual tiene que ser la de un huracán, ofrecía de esta vuelta riesgos mayores, con la probabilidad del encuentro de la costa. Tal debió ser el raciocinio del comandante cuya reputación marinera es conocida.
Siguió arreciando el viento progresivamente y empeorando el cariz: á media noche partió la verga mayor por el tercio del sotavento y se hizo trizas la gavia, que se sustituyó al momento con la mesana de capa. La situación al amanecer era crítica. la mar espantosa, el viento verdadero huracán. Sus efectos eran palpables en el buque; y no podía extrañarse el movimiento de las tosas y tablones estibados en las baterías á pesar de sus dobles trincas, al ver el de los baos, curvas y cubiertas, que se salían de su sitio. En la bodega había 50 pulgadas de agua, no menos de dos pies en la primera batería, mientras en el sollado y cámaras nadaban los equipajes.
En la amanecida del 7 disminuyeron sucesivamente las rachas hasta quedar en calma á las ocho de la mañana. Se aprovechó la pausa para repasar con toda actividad las principales averías, asegurar las vergas del trinquete y velacho, y el bauprés, cuya carlinga y barbadas habían faltado, y en esta faena, siendo las nueve y media saltó el viento del NO. con más furia que nunca, aunque sin llegar al límite que alcanzó á las once de la noche, señalando el barómetro 27'60 pulgadas.
Difícil es formar idea ni aún aproximada de la situación del navío en aquel momento, como es difícil que pueda concebirse, por la simple relación, el movimiento, altura y choque de las olas, la fuerza impetuosa del viento, la desarmonía salvaje de sus sonidos, el volar del celaje ... el huracán, en fin.
Una de las rachas desfondó el cangrejo mayor, rifó la trinquetilla y la mesana, dejando sin vela, ó lo que es lo mismo, sin defensa la vieja nave. Crujían horriblemente sus costados, percibiéndose aá simple vista el desprendimiento de los baos y el juego de los puntales, cual si todas aquellas piezas, unidas por mano del hombre, se vieran libres de obediencia á las leyes que presidieron á su conjunto. El buque conservaba notablemente la mura á la mar; pero qué movimientos, qué balances los suyos! El agua entraba por una y otra banda por encima del alcázar, sin que todas las bombas bastasen á evacuarla, pues que volvía á la bodega por las costuras y trancaniles. Por momentos se esperaba el desarbolo de los palos, cuyas jarcias, así por su elasticidad como por el movimiento de los cadenotes, aparecían en banda, y en efecto, partieron los estais del mastelero de gavia, amagando este venirse á la cubierta. Entonces seis marineros, verdaderos hombres de mar, subieron voluntariamente á picar sus jarcias, y el mastelero cayó al agua llevándose una parte de la cofa que sostenía á aquellos valientes.
Un eminente orador sagrado ha descrito esta peligrosa faena y algunas otras situaciones del navío en la forma siguiente:

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¡Yo no di más que un brazo a la Patria, si lo volviese a necesitar no le negaría vuestras vidas!. Cabo de cañón del Crucero Acorazado Vizcaya, Damián Niebla, a sus hijos, poco antes de morir.

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26 Jul 2019 07:26
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"El mastelero pierde su equilibrio y es preciso picarlo. Valerosos marineros suben á la cofa á ejecutar la arriesgada operación con inminente y continuo riesgo de perecer. En medio del violento balancear del buque, no dejando percibir apenas los golpes de los operarios ni la voz de mando del capitán el chasquido horrísono de las velas hechas pedazos, el ruido estrepitoso de las olas y el zumbido infernal de los vientos el palo ya sin apoyo amenaza caer sobre la muchedumbre apiñada en la cubierta. En situación tan angustiosa todos enmudecen sobrecogidos de espanto, porque al caer precisamente muchos perecerán, y el barco franqueará á lo menos uno de sus costados á las obras embarbecidas. La muerte que se ve venir encima por momentos, hiela la sangre en las venas, muda la color, seca y arruga la piel, agarrota los nervios, y el viviente entonces entre el ser y no ser parece una figura humana sin movimiento; vive y respira aún, y ya es un cadáver. Al desprenderse el palo un balance arroja á la mar con la mitad de la cofa donde trabajaban los valientes marineros. Un grito de horror se arranca de los pechos de todos. ¡Ah! ...ah! ...se salvaron! milagro de la Virgen del Carmen! se salvaron! ... quedando asidos y juntos en el resto de la cofa, asomados al precipicio! ...
<<Tres días de continua angustia sin tomar aliento apenas, ocupada la tripulación, los marinos en ejecutar las difíciles y peligrosas maniobras que con serenidad imperturbable ordenaba el diestro comandante, y los demás veteranos del ejército que regresaban á la madre paria á descansar de las belicosas fatigas, empleados en achicar el barco del agua que entrando á raudales lo inundaba, dejaron las fuerzas rendidas y los ánimos desfallecidos. Pero el temporal arrecia de nuevo; reprodúcense las escenas anteriores: los peligros aumentan, porque la nave vieja y muy mal parada apenas puede ya resistir. La proa se resiente; el contrafoc se lo lleva la mar, toda la arboladura peligra, y cuatro bombas reales, y todos los baldes y cuantos objetos cóncavos hay en el navío, no bastan á reducir el agua que lo anega. Cordones de gente con ésta á la rodilla en la segunda batería, inundada completamente la bodega, devuelven á la mar sus ondas invasoras. En tanto el timón se entorpece, crúzase el buque presentando un costado á las olas embravecidas, y reclinándose á pesar de sus veinte y ocho pies de altura sobre ellas, deja franca la cubierta que invaden estrepitosas. En un golpe de mar se creyeron todos sumergidos, cuando todavía no empezaban á recobrarse del horroroso encuentro en que todos cayeron, contusos unos, heridos otros y maltratados los demás. En aquella terrible situación un infeliz atacado de vómito rendía su alma al Creador: triste y miserable despojo para aplacar la furia de la mar alborotada. Para que nada faltase á aquella horrorosa escena de desolación, derramánse los calderos que al cabo de tantos días se intentaban preparar un poco de alimento, la grasa se inflama, y este nuevo elemento amenazando devorarlo todo, vienen como á conjurarse con las aguas para apurar las fuerzas de los desdichados navegantes. Segunda vez aparece el incendio en los depósitos de combustible; y nuevas ansias y nuevas congojas. Será Señor, que una agonía lenta y continuamente excitada por los nuevos riesgos acabe al fín con esos valientes, contra quienes se conjuran todos los elementos? Ya no quedaba más que media vela; faltando esa la catástrofe era inevitable. El barco desencuadernado, abiertas sus curvas, desplomados los maderos del fondo, entrando agua á torrentes, parecía una esponja que por todos sus poros la recibe. No era ya una nave, era una mar pequeña separada de una mar inmensa por un frágil casco de madera. Las luces de San Telmo, meteoros fatídicos que se dejan ver en los temporales, alumbraban con su triste y pálido reflejo aquella escena de horror y de desolación (1)
[<(1) Sermón que en la solemne función consagrada á María Santísima del Carmen por el comandante del navío Soberano D. Juan Bautista Lazaga y por los oficiales y tripulación del mismo en cumplimiento de un voto por haberlos librado del naufragio en el huracán que sufrieron desde el 6 al 12 de Septiembre, predicó en la Santa Iglesia metropolitana de Santiago de Cuba el 26 de Octubre de 1854, el Dr. D. Juan Nepomuceno Lobo, dignidad de Tesorero de la misma y Provisor Vivario del Arzobispado, con asistencia del Ilmo. Sr. Arzobispo, del General Gobernador, de los cabildos eclesiásticos y secular, y demás autoridades.- Cuba, 1854, imprenta de D. Miguel Antonio Martínez.>]
Esta elegante descripción es exacta. El 8 rolando el viento del SO. al SE. se fijó por este rumbo hacía el medio día; con alguna disminución en su fuerza, que permitió reponer la trinquetilla y mesana de capa, tensar las jarcias mayores y envergar un trinquete, vela que sirvió al día siguiente 9 para correr un nuevo temporal del Sur, rabiza del huracán. En esta corrida acaeció el entorpecimiento de los guardines del timón que dió ocasión á que atravesándose el navío recibiera tres golpes de mar que hubieron de zozobrarlo. Ocurrieron también entonces los dos incendios, procediendo el más serio de combustión espontanea en las carboneras. Aún despues de terminado el temporal sufrió el buque sus consecuencias, quedando tres días encalmado, juguete de la encontrada mar del huracán. En este tiempo se arrojó al agua mucha parte de la tablonería de cedro que iba en las baterías y que, enguacharnada con el agua, había aumentado considerablemente su peso.
Un fenómeno digno de estudio se observó en este buque. Al siguiente día de su salida de la Habana apareció á bordo la fiebre amarilla de que fallecieron cuatro individuos en poco tiempo. Empezó el huracán habiendo 18 individuos en la enfermería y con la excepción de dos, que murieron en los momentos críticos, curaron todos con el temporal, y pasado este no volvió á presentarse la epidemia.
El día 13, despejado el tiempo y entablado el viento del NE., se hizo rumbo á la costa del los Estados-Unidos, con intención de tomar el puerto de Norfolk; más habiendo recalado á sotavento y no estando el navío en estado de barloventar, determinó el comandante arribar á la isla de Cuba, ocupándose la gente de camino en reparar del mejor modo posible los descalabros sufridos. La navegación no ofreció otro incidente digno de mención, hasta la entrada en el puerto de Guantánamo que verificó el navío el 8 de Octubre, varando en el interior bajo el impulso de una recia turbonada; pero salió a flote con facilidad y remolcado por el vapor Pizarro, pasó el 16 á Santiago de Cuba, último puerto que había de visitar el viejo Soberano.
Algunos días después la ciudad presentaba una escena tiernísima. La tripulación del navío, cuya serenidad no decayó un instante en la pavorosa situación del buque, marchaba dirigida por los oficiales, con su comandante á la cabeza, en dirección al templo, para cumplir un voto solemne hecho, <<no sollozando cobardes, pero sí llenos de un santo temor ante el poder de Dios y de esperanza en María, estrella del mar, fuerte escudo contra el gigante que tendido bajo la nave, se rebulle al sentirla, se hunde, y deja franco el paso ó se revela (1)>> [<(1) Sermón citado.>] La población toda solemnizó é hizo suya la fiesta celebrada en acción de gracias por los marinos.
La junta de asistencia del apostadero acordó; <<que el capitán de navío D. Juan Bautista Lazaga llenó sus deberes en el mando del nombrado Soberano, en las providencias que tomó antes y después del huracán y en la arribada, que estaba completamente justificada,>> cuyo fallo obtuvo la sanción Real, y como aquel comandante hubiera elogiado altamente el comportamiento de sus oficiales, de la tripulación y aún de los transportes, recomendando con especialidad á los que picaron el mastelero de gavia y algunos otros é impetrando la munificencia de S.M. en favor de los que sufrieron fractura de miembros, heridas ó contusiones, se dispuso la formación de un sumario para premiar debidamente á los que más se habían distinguido.
Volviendo al navío, una comisión de jefes y peritos nombrada para reconocerlo minuciosamente encontró que todas las piezas principales que constituyen la seguridad y solidez de las embarcaciones se hallaban en este sin trabazón y desmentidas de su sitio; los pernos y clavazón movidos, siendo la inutilidad en que había quedado el buque tan completa, que solo examinándolo, podía formarse una idea de su estado. La parte de proa, desde el palo trinquete, presentaba un hundimiento notable; las cubiertas ondulaciones increíbles; todas las curvas fuera de su sitio, hallándose además 18 de ellas partidas por la bragada y sin unión los costados, por lo tanto; aventados algunos tablones de los fondos: en una palabra, ni aún la traslación á la capital, remolcado y escoltado por vapores se juzgó prudente.
Quedó, pues, sentenciado el Soberano, y se sacaron en consecuencia todos sus pertrechos, dejando á bordo un oficial con una sección de marinería para achicar por intervalos el agua. Esta fué en aumento progresivo hasta que no pudiendo contenerla, se varó el buque en el interior del puerto el 4 de Junio de 1855, utilizándolo aún así para el servicio de la sanidad, hasta que un incendio involuntario lo destruyó en Octubre de 1855.


Fuente:

Buques de la Real Armada de S.M.C. Isabel II (1830 - 1868). D. José Ramón García Martínez (Madrid 2005).

Un saludo ban-es9

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26 Jul 2019 07:28
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Traducción al español por Huan Manwë para phpbb-es.com